Eventyr

Aterricé a principios de enero, justo cuando los daneses te dicen, casi disculpándose, que, literalmente, “el país está hibernando”. Fue en esos días gris oscuro, ora nevosos, ora lluviosos, extremadamente fríos, en los que, me temo, cometí uno de los grandes errores de mi vida. La universidad de Roskilde (“rrrrrgóóóskilda”, pronuncian los lugareños) hacía gala del típico y tópico civismo nórdico brindándonos gratuitamente un curso titulado “Introducción a la vida danesa”, así como una completa formación de danés durante seis meses. Por aquel entonces, pipiolo yo, aplaudí el altruista gesto de esos simpáticos vikingos, quienes me recordaban más a los que aparecen en los cómics de Asterix que a los bárbaros hipermusculados, violentos y viciosos de la serie Vikingos. Y digo error porque, además de desdeñar alegremente el conocimiento de una nueva lengua, lo que todavía no sabía es que los daneses, apenas cinco millones, son muy daneses; y que, para ellos, siempre amables, el filtro último para abrir sus generosos brazos y hacerte uno de los suyos es, precisamente, aprender su indomable idioma. Obvio que muy pocos lo consiguen, y yo, desde luego, no fui uno de esos valientes.

A pesar de mi espantada torera, fruto de una errónea elección del joven inexperto (vamos, que prefería estar de cachondeo que atendiendo en clase; nótese la previa construcción eufemística), guardo en mi memoria con especial nitidez algunas de las palabras de aquella endiablada, fonéticamente hablando, lengua. Por ejemplo, amar se escribe elske, jugar es spille, y cerveza es øl (pronunciado algo así como “ul” si ponemos la boca como un pato). Pero de todas las palabras, siempre recuerdo con especial cariño la majestuosidad de eventyr. Adelante, paladéenla conmigo, detenidamente: e-ven-tyr. Un fonema que refulge enhiesto por su belleza entre tanto vocablo palatal; una palabra que, en mis oídos, resulta más propio de las valkirias, el hidromiel y los banquetes que de las hachas, las violaciones y el pillaje de monasterios ingleses perpetrado por Ragnar Lodbrok.

Pero más allá de su cuestión estética y melodiosa, eventyr engloba un significado mucho más profundo y rico que apenas podía vislumbrar durante mi experiencia escandinava, lo que me generó una embriagadora serendipia que, fíjense qué cosas, me anima a escribir estas líneas más de diez años después. Para que me entiendan, básicamente se llama eventyr al cúmulo conformado por cuentos populares, historias míticas y folklore nórdico de la literatura popular. Es decir, es como se conoce a los cuentos de hadas protagonizados por brujas, troles, dragones, elfos y otros personajes míticos que han ido forjando el espectro fabuloso de Escandinavia y Centroeuropa. Un espectro que llega reforzado hasta nuestros días gracias a las narrativas modernas (véase El Señor de los Anillos, Las crónicas de Narnia, los nibelungos de Wagner o incluso los cómics de la Marvel, por ejemplo). A este repunte de popularidad ha ayudado, por supuesto, la decadencia popular de los mitos judeocristianos; pero esta es otra historia…

Eventyr, no obstante, significa mucho más que el universo literario folk del viejo continente. También puede interpretarse como una aventura. Pero no en el concepto de suceso, sino como el de experiencia ligada a un fortísimo sentimiento vital. ¡Oh, eventyr! Al escucharla se agolpan en mi mente todo lo bueno y maravilloso que implica viajar. El verdadero viaje.

Porque viajar no es un mero cambio de sitio, sea por placer, trabajo o necesidad. Viajar es, quizás, la experiencia más enriquecedora que un ser humano puede sentir. Viajar incluye arte, incluye disfrute, conocimiento, sorpresa, aprendizaje, experiencia y respeto. Aliñado además con ese irresistible factor aventurero.

Y es que la gran aventura de la humanidad es el viaje. Está en nuestra sangre y nuestra alma; es parte real de nuestra propia biología evolutiva. Pienso en los testimonios de los grandes exploradores, desde las sagas islandesas hasta los relatos del almirante Zheng He, pasando por la propia Anábasis de Jenofonte, los viajes de Plinio, los dibujos de Horeau, Henry Oldfield o Hedin y, honestamente, me conmuevo. Y quién sabe los testimonios que nos depara el futuro con la exploración espacial.

Viajar es, además, sumamente placentero. Ser conscientes del momento en el que tus cinco sentidos están en una latitud distinta a la doméstica es una de las experiencias más sublimes que se pueden sentir. Esa consciencia de estar a miles de kilómetros (o no tan lejos), el vértigo de comer manjares ignotos (porque la comida también es cultura), conocer la Historia y el poso cultural de una sociedad distinta a la nuestra; generan una adrenalina cuyo frenesí se reactiva con cada recuerdo espontáneo del viaje vivido. No son pocos, además, los testimonios de amor y erótica que implican los viajes. El amor, amigos, está también en eventyr.

Viajar te hace mejor persona. Es una vacuna excelente, además, contra uno de los peores males de nuestro tiempo: el nacionalismo. Como decía el nobel literato Camilo José Cela, ese veneno se cura viajando. Y es que el viajero no es excluyente, no es supremacista, no es corto de miras, no es, en definitiva, un idiota. El viajero se ríe de los estúpidos que se golpean el pecho apelando a su pureza racial o a la exclusividad de unos supuestos dones y su ombliguismo absurdo.

Viajar te ayuda a valorar tu día a día, lo que tienes. Esa maravillosa sensación de plenitud tras un viaje que experimenta el viajero cuando vuelve al hogar, a su rutina, despojado este concepto de cualquier connotación negativa. Para enfocar desde otro prisma cuestiones familiares y cotidianas de tu tierra que antes, casi por defecto, se desprecian. Nuestra sociedad no es perfecta, está claro, pero basta con mirar por la ventana del viajero para darnos cuenta, por qué no, que lo que tenemos quizás no sea tan malo. Sirva como ejemplo cualquier pareja homosexual que tenga que ocultar su condición forzosamente para visitar Irán o Uganda; o los periodistas que tenemos que presentar un segundo pasaporte para que en ciertas fronteras no sospechen de otros viajes en los que hemos cometido el pecado mortal de ver, oír y contar la verdad.

Stevenson decía: “Yo no viajo para ir a alguna parte, sino por ir. Por el hecho de viajar. La cuestión es moverse”. Y es que la aventura y el conocimiento no tiene por qué estar vinculado, necesariamente, a un viaje al fin del mundo. Aunque, ahora que la influencia oriental en Occidente es más poderosa que nunca, no sería mala idea dejarse caer por los interminables rincones asiáticos, desde la India hasta Japón, pasando por China, por ejemplo. Pero decíamos, que tan rica puede ser una experiencia prolongada en las antípodas que en el pueblo de al lado. La cuestión es, efectivamente, moverse. Para aprender y soñar.

No deja de resultar paradójico y, por qué no, triste, que en la era donde más interrelacionados estamos los seres humanos merced a la galopante globalización, mayor es la sensación de exposición y miedo. Ahora que las crisis demográficas vuelven (los bárbaros siempre regresan a las puertas de Roma), quizás merezca la pena vacunarnos ante el xeno helénico, un rasgo evolutivo arcaico que nunca desaparecerá pero que sí, claro que sí, podemos combatir y maniatarlo. Al fin y al cabo, decía Disraeli, viajar enseña tolerancia.

Eventyr. Toda una declaración de vida y milagro. Experiméntenla, no se arrepentirán.

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