¡Feliz 1984!

Los amantes de la ciencia ficción soportamos la pesada vitola de la marginalidad y el prejuicio literario. Esto, que es denominador común en otros géneros artísticos y es incluso tremolado con orgullo por ciertos adeptos, en la mayoría de ocasiones se asume con sonrojo y la cabeza gacha. Reconocer abiertamente, sobre todo en entornos latinos (el anglosajón no tiene, aquí tampoco, ningún complejo), ser incondicional o simplemente simpatizante de la ciencia ficción, te convierte casi en un paria literario y, según el foro, incluso en uno intelectual. Reduciendo el ejemplo hasta lo absurdo, en general no se toma en serio las recomendaciones y reflexiones de tipos (y tipas) que se extasían con marcianos, naves espaciales y pistolas láser. Y todo ello, a pesar de que la ciencia ficción, bien sabemos, es mucho más que eso.

Estos días se ha celebrado el aniversario del nacimiento del maestro George Orwell. No me parece ni muy original ni muy genuino dedicarle otro homenaje más, pero lo que sí me motiva es dedicar este pensamiento desde Hyperion a la indudable influencia de las ideas de Eric Blair (su verdadero nombre), y de la ciencia ficción en general, en el razonamiento y reflexión de los temores que percibimos y palpamos en estos confusos días que nos ha tocado vivir.

Los lectores de ciencia ficción, modernos San Pedros que renegamos de nuestro género predilecto (y más de tres veces), percibimos no obstante la realidad y la actualidad de una forma distinta, más precisa y sensible merced a nuestras lecturas de los grandes autores. Empezando por el propio Orwell y su propuesta descarnadamente impersonal, planteada con maestría en la fábula Rebelión en la granja; pero, sobre todo, en la perfecta 1984. La opresión estatal, tema central de este clásico inmortal, no es difícil de reconocer en el desempeño, no sólo de regímenes dictatoriales, sino también en democracias con ciertos vicios sospechosos. Pensemos, por ejemplo, en la asunción general en nuestro día a día de la aplicación de los principios del aberrante Ministerio de la Verdad y la neolengua. Una cuestión nada baladí, especialmente para los que nos ganamos la vida con las palabras, pero una verdadera ruina para el mundo en general y el pensamiento en particular. Las palabras son sagradas, vehículos para ideas y sentimientos con los que comprendemos el mundo y a nuestro prójimo.

Sin embargo, ahí estamos. Prostituyendo su belleza y valor por lo políticamente correcto con la excusa de no ofender a no se sabe muy bien quién o qué. El bueno de Eric debe de estar, más que revolviéndose, dando brincos dentro de su tumba. “¡Feliz 1984!”, se oye la letanía.

Más aún, la terrible, todopoderosa, mas etérea figura del Gran Hermano, parecemos haberla asumido alegremente. Son días de mercadeo de datos masivos, en los que no dudamos, más bien todo lo contrario, en revelarle a entes abstractos que entendemos superior nuestros secretos más íntimos. Nunca antes nuestra privacidad ha estado más expuesta… ¡y por si fuera poco nosotros mismos la ilustramos con imágenes y videos! Nos ocurre como a Winston Smith, protagonista de 1984: ¡amamos al Gran Hermano!

Puede parecer, no obstante, una improbable hipérbole el apocalipsis orwelliano; no pasa nada, como alternativa rescatamos la prodigiosa escritura de Aldous Huxley, quien nos dijo lo mismo que Orwell pero sin decir nada de Orwell. Para Huxley, el control era el placer y el hedonismo, la vida fácil y la renuncia voluntaria y gustosa a la crítica y el análisis profundo y exigente. El falso carpe diem, el disfrute corporal, el sexo fácil, las drogas, lo superfluo…: ésa es la vida que merece la pena vivir. Esto si nos suena más, ¿verdad?

No deja de ser paradójico que en los tiempos en los que, estadísticamente, mejor vivimos en este planeta (los índices de hambrunas, guerras, delitos y catástrofes, son más bajos que nunca), mayor es nuestra sensación de desamparo, miedo y desconfianza. Desconfianza de las instituciones y, por qué no, de nosotros mismos. Ponemos en duda hasta los principios más básicos del funcionamiento general, aunque lejos de ser una reflexión positiva, los análisis rara vez horadan un ápice de la piel de la manzana.

Este panorama nos ofrece una engañosa opción: la autodefinición personal. Nunca antes ha habido más etiquetas para definir al individuo (la tiranía del hashtag, un sello que bien podría haber sido ideado por el Ministerio de la Verdad). Pero lejos de describirnos por principios humanistas, nos definimos más por lo que tenemos que por lo que realmente somos. Y todo para escapar de la insoportable sensación de pertenecer a la masa, entendida como vulgaridad. Hoy en día, pertenecer al mayoritario e inconmovible ganado de la mayoría, que diría el Faber de Farenheit 451 (Ray Bradbury, ya que estamos con las distopías), es la peor maldición que podemos percibir. Es el autoritarismo de la felicidad obligada, exhaustivamente cacareada, sobre todo, en redes sociales.

Pero la ciencia ficción, decíamos, es fascinante, nos facilita una nítida y certera herramienta de análisis, percepción y lucidez. Pocas lecturas nos plantean mayores interrogantes y nos obligan, casi sin quererlo, a utilizar la materia gris para analizar lo que nos rodea. Es el sentido de “lo maravilloso”, que dicen los expertos; la fascinación del “¿Y si…?” Parafraseando al autor colombiano René Rebetez: “La ciencia ficción no es sólo un género literario, sino algo más: un estado de conciencia”.

El tamiz pesaroso y oscuro que ha conformado la tesis ut supra tiene, no obstante, la seguridad de una luz al final del túnel. Porque si bien es cierto que la ciencia ficción nos plantea escenarios terribles y angustiosos, no es mentira que también propone inesperados caminos hacia la esperanza. Y es en estos tiempos inciertos donde también debemos rescatar las reflexiones de genios inmortales como el buen doctor Asimov o la pluma sincera, elegante y firme de Ursula K. Le Guin, entre muchísimos otros. Recuerdo con especial nitidez la lectura de Los desposeídos, de la escritora californiana. En la novela, dos planetas gemelos viven en una absoluta disparidad económica y de bienestar. Impregnada de una innegable carga sociopolítica respecto a las desigualdades económicas que genera el capitalismo, en la novela los resignados habitantes del planeta pobre malviven con una absoluta falta de esperanza e ilusión por un mundo mejor. Pero es en ese erial donde incluso brota la flor de la fe. El protagonista, el filósofo y científico llamado Shevek, reflexiona con la madre de su hijo sobre si merece la pena criar a un niño en semejante entorno hostil. Y a pesar de todo, es así, porque Shevek entiende que, aun si las macroestructuras que rigen el mundo escapan a su influencia, sí decide apostar por el futuro de su hijo. “Le daremos las armas en forma de principios morales, honestos, para que ayude a cambiar el mundo”. Y es que es así; somos las personas las que cambiamos nuestro entorno cercano, conectado inevitablemente al mundo y a cualquier megaestructura.

Quizás sea esa la panacea que necesitan nuestros tortuosos raciocinios modernos para encontrar la paz. Quizás debamos bajarnos del supersónico ritmo de vida que llevamos y luchar con nosotros mismos para encontrar la lucidez de lo realmente importante y beneficioso para todos. No hace falta inventar nada nuevo, sino rescatar el incalculable tesoro que los libros y las historias, sean del género que sean, no han dejado para entender este incomprensible mundo en el que, para bien o para mal, como decía el Queréas del Calígula de Camus, “nos ha tocado vivir, pero por el que bien hay que abogar”. Y así es, no hay que inventar nada pues, al final, todo está en Homero… y en Lem, Simmons, Matheson, Bujold, Dick y tantos, tantos, tantos otros.

*Artículo original publicado en Literal Magazine.

Deja un comentario