Los decentes y los mezquinos

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El camino de la lucidez está adoquinado por los años, las experiencias y las lecturas. De no emprenderlo, la oscuridad ciega, y nos convertimos en entes estimulados por corazones de piedra. Es la lucidez la que, diáfana, transforma los rincones empantanados de la razón y la decisión. Es la que nos muestra el mundo como en realidad es, lejos de filtros y prismas que vician el juicio.

Gracias a la lucidez somos objeto de revelaciones necesarias, como la incomparable epifanía de nuestro lugar en el mundo, o el entendimiento del engranaje oculto de la sociedad que nos rodea y de la que formamos más parte de la que creemos. La lucidez no tiene por qué ser benevolente, pero en estos días de incertidumbre y miedo, nos demuestra que la simpleza es, en muchos casos, la clave para el análisis acertado. Es la llave, por ejemplo, para entender por fin que para encontrarnos a nosotros y al prójimo en este difícil escenario no son necesarias avalanchas de etiquetas, pertenencias a bandos, o afiliaciones a grupúsculos, tan de moda en nuestros tiempos de saturación informativa y ritmos exhaustos. Nunca antes la definición de la persona fue tan difícil. 

Gracias al ejercicio de la lucidez, descubrimos que en realidad nuestro entorno es más sencillo que el que nos obligan a percibir. Reduzcamos nuestra propia presión arrojando piedras de nuestra mochila.

Al fin y al cabo, las personas nos dividimos entre los decentes y los mezquinos. No hay más. Y en esa lapidaria dicotomía no importan los colores de cada uno ni el color de cada uno; ni su lugar de nacimiento, ni su dios, ni su cama. No sé qué grupo es más numeroso (espero que el primero), pero lo cierto es que los segundos parecen multiplicarse en tiempos de zozobra y desgracia, últimamente refugiados en su cobarde parapeto del cuasianonimato de las redes sociales.

Quizás lo complicado no sea averiguar quién es qué, sino decidirnos por el lado en el que queremos posicionarnos. Resulta tan sencillo como tentador provocar daño por acción u omisión en un mundo de sentimientos aislados. Pero basta con que recordemos que la decencia y la honestidad, son mucho más fáciles de alcanzar de lo que creemos, pues un simple vistazo a nuestro alrededor nos permitirá comprobar que no somos los únicos acólitos de una causa perdida.

Llegará un día en que nuestros hijos, llenos de vergüenza, recordarán estos días extraños en los que la honestidad más simple era calificada de coraje

Yevgueni Yevtushenko

Un comentario sobre “Los decentes y los mezquinos

  1. Quizá la mayor de las desgracias es descubrir, en un ejercicio de lucidez extrema, la terrible verdad de que existen mezquinos maquillados con una exquisita y pomposa falsa decencia, que acusan de mezquindad a quienes, decentes, se hayan presos en un mundo en el que las palabras están heridas de muerte y los hechos secuestrados por el fanatismo.

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