Los ojos de Salman Abedi

La mirada de Salman Abedi no dice nada. Es hueca y desapasionada, propia de alguien fácilmente olvidable. Carece del perverso embrujo de los ojos del mal, el de otros monstruos que, a pesar de nuestra repulsa por sus actos, nos seducen desafiando nuestra ética. Los de Salman no; son irrelevantes, apenas dos minúsculas ventanas en el abismo interior de un ser humano despreciable, asesino de niños.

Pero Salman, a pesar de todo, sí es el mal. El mal moderno. El mal de la globalización, de las redes sociales, de las etiquetas y los hashtags, de los análisis y valoraciones precipitados. Se muestra ante nosotros, sus enemigos, como la encarnación más atinada de los nuevos miedos y temores que padecemos. Abedi representa el triunfo del horror que no comprendemos. Porque a pesar de que el extremismo islámico es un viejo conocido, a pesar de que las fechorías de Daesh son una constante diaria desde hace casi tres años, a pesar del esfuerzo de periodistas, corresponsales, expertos y analistas en explicarnos su realidad, no lo entendemos.

Y no lo entendemos por una rotunda incapacidad de procesar tanto mal. Sí, entendemos el origen sonrojante del yihadismo, consecuencia de pretéritas decisiones erróneas y negligentes de potencias internacionales en Oriente Medio. Sí, entendemos un posible elemento vengativo, tanto por los que sufren bombardeos allí, como los que son incapaces de integrarse aquí. Sí, entendemos que, para el que no tiene nada y culpa de su zozobra al entorno, convertirse en héroe santo es una salida más que razonable e incluso digna de alabanza. ¿Quién se negaría a un ático en el paraíso junto a las 72 huríes?

Pero lo que no entendemos es que se odie con tanto ahínco y dedicación un estilo de vida, el nuestro, libre, democrático y pacífico, a pesar de todo. No entendemos ese desprecio exacerbado hacia ciudadanos anónimos, como nosotros, con los que conviven e, incluso, con los que se han criado. No entendemos cómo se puede ser tan permeable a semejante mensaje de perversión teledirigida. No entendemos, en definitiva, que se asesinen niños.

Y no lo entendemos porque no somos así. No somos como ellos. Vivir con ese odio permanente, constante y depravado es insoportable, entendiendo el adjetivo con las mismas connotaciones que le imprimió Milan Kundera en su novela más celebrada.

Este panorama acelerado y aterrador llegó hace tiempo para quedarse, desafiando lo que creíamos, a pesar de todo, estable. La victoria final sobre Daesh no está próxima. Aun cuando los límites de su abyecto califato se contraen inexorablemente ante el avance de sus múltiples enemigos, los terroristas medran en otros territorios insostenibles como Afganistán, Libia o Egipto.

Sin embargo, el gran triunfo de ISIS trasciende los prosaicos hitos del protoestado medieval de Abu Bakr al Baghdadi que ha arruinado las vidas de millares. El Daesh ha conseguido ser algo más que una organización criminal que pone bombas; algo más que un ejército de extremistas; algo más que un brutal e intransigente azote para todo lo que no sea fiel al salafismo más radical. Daesh ha conseguido ser un símbolo para todos aquellos malvados que, escudados en el falso y cobarde parapeto de la religión interesada, tienen por objetivo destruir las bases de la civilización. Y esos perversos no entienden de fronteras.

Hemos sido, somos, presas de su incontestable victoria en el terreno de la comunicación y la propaganda del terror. Los tentáculos de su maquinaria mediática se han ido extendiendo poco a poco en nuestro gran plató occidental, ávido de espectáculo y medallas que colgar a modo de primicias irresponsables. Esa voracidad, no nos engañemos, es otra de las terribles causas de la falta de credibilidad actual de los medios de comunicación. Y es que no nos hemos parado de verdad a pensar sobre la idoneidad de los que contamos sobre el terrorismo de nuestros días; nos da igual si la cabeza cortada que enseñamos a modo de breaking new tiene verdadero valor informativo o lo que realmente cometemos es el error de cerrarle a los yihadistas el fatídico círculo de la propaganda. Como botón de muestra, basta con echar un vistazo al habitual hervidero de mentiras en el que se ha convertido Twitter segundos después de que cualquier fuente, contrastada o no, relevante o no, alerte sobre cualquier incidente. ¿El resultado? La semana pasada medio mundo paralizado por un accidente de tráfico en Nueva York, y todos mirando, casi deseándolo, que Daesh reivindicara el hecho.

Corremos especial peligro de convertir en habituales unas situaciones que son extraordinarias, dejándonos llevar por el miedo y el desconocimiento. Es aquí donde está la respuesta a esa cacareada pregunta de: “Y yo, ¿qué puedo hacer?”. Pues aceptar el desafío de los ojos vacuos de Salman Abedi, para que la pregunta real sea: “¿Estoy preparado para mantener esa mirada?”.

Artículo original publicado en Literal Magazine.

Deja un comentario