Miedo

leoncobardeWEB

Para la apertura de mi primer (y de momento, único) libro, elegí una cita de Jacinto Benavente. “No es humano el deber que, por soñar con una humanidad perfecta, es inexorable con los hombres”. La elegí porque se ajusta bastante bien a las motivaciones de algunos personajes de la obra; pero también porque es una frase que me da miedo. Miedo porque se erige oscura, cierta, actual, atávica, cercana. El adjetivo ‘inexorable’, nunca antes lo leí mejor empleado, se desliza como una cuchilla por la yugular. La cita amenaza una realidad, la nuestra, acomodada en su irreal burbuja de confort e ignorancia. Esa burbuja que se estrecha y tiembla.

El miedo es un sentimiento curioso y rico en matices. Unos dicen que la mejor manera de acabar con él es enfrentarlo; yo creo que suele ser más natural obviarlo, quitándole hierro y sin mirarlo a los ojos. Como la fábula de la zorra y las uvas. “No es para tanto”. Pérez Reverte siempre ha mantenido que la razón por la que abandonó el reporterismo de guerra es que, cuando nos contaba las carnicerías de los Balcanes, su trabajo se reducía a menos de cinco minutos de informativos, cuando no se cortaba antes a golpe de mando a distancia, el mazo de los jueces catódicos. Ya saben, el clásico ojos que no ven… Ahora las masacres las vemos más de cerca gracias a las nuevas tecnologías y los nuevos hábitos de consumo que éstas (véase las Redes Sociales, por ejemplo) han establecido. Melville, a través de su inolvidable Ismael, nos decía que “la ignorancia engendra al miedo”, por lo que resultaría lógico aprovechar esos nuevos canales para conocer más nuestro entorno. Pero el ser humano es también un tipo curioso y, a pesar de todo, es ‘inexorable’ con los libros de Historia.

Nos encontramos en un momento ciertamente dramático que transciende lo político y lo económico, y clava sus garras en el corazón de lo social. Una sombra se extiende en el este y cabalga, a lomos del fanatismo y el miedo, sobre miles de cadáveres de inocentes. Guerras interminables riegan de muerte naciones históricas que claman mientras se mira para otro lado. En el negro sur, las comunidades explotan por viejas y nuevas peleas; pero esas voces de desesperación se acallan porque son “la misma historia de siempre”. Gobiernos corruptos, enemigos de las libertades del individuo, se alzan seductores como alternativas al desencantado. El mismo Occidente, a ambos lados del Atlántico, se muestra cobarde y derrotado por sus complejos y la tiranía de lo políticamente correcto. Nosotros mismos somos cobardes justificando lo injustificable, escudándonos en nuestros caparazones de tortuga. Yo mismo soy cobarde, ufanándome ahora mismo al escribir esta débil denuncia en unas pocas líneas.

Miedo. Miedo porque esta película ya la han visto nuestros mayores, pero no nosotros, quienes amenazamos, con golpetazos en el pecho, de cometer los mismos errores. Miedo por perder lo que somos, lo que nos place pero nos aterra defender. Miedo a los que son inexorables con los hombres por soñar con una humanidad perfecta (para ellos). Miedo a que mi libertad, amigo Sancho, sea asesinada con la complicidad de mi negligencia.

Pero, ¿qué hacer? No lo sé. A mí no me pregunten; sólo soy un cobarde más. A lo mejor otros, tan normales y vulgares como tú y como yo, pero sin el estigma de la cobardía, nos arrojan un poco de luz.

Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a por los judíos,
no pronuncié palabra,
porque yo no era judío,
Cuando finalmente vinieron a por mi,
no había nadie más que pudiera protestar.

Martin Niemöller

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