Nombres

En los cuentos de Terramar, obra maravillosa de la mejor escritora de ciencia ficción de todos los tiempos, la recientemente fallecida Ursula K. Le Guin, se nos plantea una deliciosa idea como pilar fundamental de la saga. La genial e irrepetible californiana nos proponía un universo fantástico poblado por dragones, magos, no muertos y un sinfín de criaturas extraordinarias, donde el poder, el verdadero poder sobre las personas y criaturas, residía en conocer su verdadero nombre. Los protagonistas y actores de la historia guardan celosamente sus nombres, temerosos de que quien los conociera, los desnudaran emocionalmente.

Piénsenlo. Pero piénselo bien. Aun pudiendo parecer una obviedad, Le Guin, creadora de joyas como La mano izquierda de la oscuridad, Planeta de exilio o Los desposeídos, plantea realmente una reflexión magistral: ¿qué pasa si llamamos a las cosas por su nombre?

Recientemente he participado como ponente en un seminario sobre islamismo radical en el que se han abordado multitud de interesantes cuestiones sobre este enorme reto que tenemos por delante los demócratas del mundo. Preguntas como: ¿entendemos los procesos de radicalización?, ¿es más importante prevenir o ‘desradicalizar’?, y en ambos casos, ¿cómo lo hacemos?; ¿cuáles son las verdaderas causas que hacen que jóvenes aparentemente integrados, que no acomodados, en sociedades libres y prósperas del espectro occidental decidan atentar en los propios países en los que han nacido y se han criado, o incluso cojan el kalashnikov y se marchen al frente de Oriente Medio?

Excelentes ponentes en un entorno competente y variado, pero en el que la estrella absoluta, sin discusión, fue el imán de la mezquita salafista de Vitoria-Gasteiz. En un mejorable castellano, el joven clérigo (no creo que fuera mucho mayor que yo) soltó un contundente discurso religioso en el que nos deleitó con disparates sobrecogedores como “los musulmanes que no siguen la doctrina salafista (de salaf, un concepto aproximado de raíz, antepasado) son desviados” o “sólo una rama del Islam, el salafismo, irá al paraíso”. Pero el momento cumbre de la charla fue cuando uno de los asistentes le preguntó directamente: “Por lo que he entendido de su criterio, sólo se me ocurre preguntarle: ¿es posible entonces ser musulmán y demócrata?”. Entonces, el imán, aguantando con estoicidad el pesó de casi 300 miradas estupefactas (lo cortés no quita lo valiente), se limitó a desviar la mirada y simplemente decirle al moderador que no respondería a esa pregunta.

Claro, ante situaciones como estas, donde buscamos desesperadamente respuestas y reflexiones válidas para comprender lo incomprensible, a veces el silencio de los actos consumados es lo más elocuente para comprender. Y el silencio del imán lo fue. Porque según el salafismo, auténtica lanzadera ideológica del yihadismo global que nos azota y nos aterra, la democracia no es pura, no es deseable, no es digna. De hecho, según su parecer, está en las antípodas de su sistema de, llamémoslo así, organización ideológica, pues se basa en el mero parecer de unos supuestos “sabios” que interpretan a su antojo el Corán y la Sunna pero que no sabemos quiénes son ni dónde están.

Lo que sí sabemos es que el salafismo ha sido un movimiento apadrinado por los wahabitas de Arabia Saudí y algunas petromonarquías desde hace años para exportar una ideología intolerable, violenta y fanática que no duda en torpedear los cimientos de los pilares más democráticos de las sociedades occidentales.

Como botón de muestra, recordemos que hace unos años, el gobierno británico diseñó y aplicó el programa PREVENT. En líneas generales, partía de la base lógica de esa conexión entre salafismo y yihadismo. Los informes de inteligencia evidenciaban que el individuo yihadista antes había sido siempre salafista o afín a estos, pero que no todo salafista acababa siendo yihadista. Es decir, si violencia era conceptual, no fáctica. Un silogismo de fácil entendimiento, ¿verdad? Ante esa revelación se optó por empoderar a los propios salafistas para que hicieran de ‘controladores’ de los más radicales. En otras palabras: apoyemos a los malos para que no haya más malos. ¿Qué podía salir mal? Pues en un giro dramático e inesperado de los acontecimientos (nótese la ironía), el número de yihadistas británicos se disparó a la vez que los imanes salafistas aprovecharon la coyuntura para revestirse de un perverso halo de legitimidad. Tamaña chapuza al menos sirvió para reforzar la tesis que aquí nos ocupa y para que el que suscribe este artículo se sienta pobremente ufano en su prosa.

Llamar a las cosas por su nombre, como proponía Le Guin, sin tapujos ni secuestros de la ridícula doctrina de los políticamente correcto, es lo que realmente necesitamos. Si una propuesta religiosa, que además plantea una proyección en lo social y en un colectivo especialmente sensible y bajo lupa como son los musulmanes europeos, considera que las mujeres son apenas ciudadanas de segunda, si considera que los homosexuales son poco más que apestados, si predican un funcionamiento pernicioso para la convivencia, pues eso, señores míos, hay que decirlo, hay que explicarlo y hay que denunciarlo. Y con todas las letras: el salafismo es intolerable.

Escribo estas palabras y una parte de mí, no puedo evitarlo, se carcajea de esta suerte de pleonasmo intelectual. Y es que esto, realmente, no deja de ser una obviedad. Pero no es menos cierto que los días que vivimos, en los que decimos “Buenos días” y se ofenden veinte colectivos distintos, en los que el Ministerio de la Verdad orwelliano y su neolengua nos dicen cómo hablar y, por ende, pensar; en los que la dictadura de lo políticamente correcto nos corrompe nuestra forma de entender y comprender el mundo, el mero hecho de llamar a las cosas por su nombre, ¡fíjese usted que dislate!, se ha convertido en el acto voluntario más revolucionario, disidente, contracultural e, incluso si me apuran, underground que podemos hacer.

La cuestión no es en absoluto baladí. Estamos en un mundo complejo, atribulado, engañoso, en el que la dicotomía entre mezquinos y decentes (en realidad tampoco hay mucho más), se desvirtúa y confundimos al verdadero merecedor de nuestra empatía y solidaridad. Reconozco que comprender el yihadismo no es fácil, aun explicando sus motivaciones, causas históricas, políticas y sociales, incluso desgranando el ideario de sus apóstoles. Pero no, no es fácil. Existe una innegable barrera natural entre ellos y nosotros que nos expele del verdadero debate. Simplemente, a los usuarios del buen sentido común nos repugna acercarnos al corazón de estas cuestiones tan abyectas. Desde luego, no es una particularidad exclusiva del terrorismo, este efecto es denominador común en otros temas repulsivos como la pornografía infantil o la esclavitud moderna.

La filosofía oriental, el humanismo europeo y las películas de Disney nos recuerdan que, para conseguir grandes objetivos, por muy titánicos que parezcan, a veces sólo basta con dar un primer paso. Y quizás este tour de force no requiera más que llamar a las cosas por su nombre. Que no es poco.

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