Oriente Medio: retorno al Gran Juego

Resulta indiscutible que el desarrollo de la agenda internacional está sensiblemente marcado en nuestros días, en gran medida, por la actualidad de Oriente Medio. Un escenario amplio, atribulado, crítico y en continua combustión interna y externa. Es, precisamente, el marco donde una de las mayores partidas de ajedrez geopolítico y económico se disputa. Es difícil, por su amplitud y complejidad, abordarlo con ecuanimidad y justo baremo, pues se trata de una enrevesada trama de intereses, influencias y, cómo no, religión. Conviene rescatar para ello la lucidez de Rudyard Kipling, por la sencilla razón de que, como decía Doris Lessing, “todo está en Homero”. Ya saben, los clásicos y su manía de recordarnos con extremo tino lo que olvidamos negligentes.

En el contexto de la guerra entre el Imperio Británico y el Ruso en el XIX por hacerse con el Cáucaso y Asia Central, el Nobel nacido en Bombay popularizó el término “Gran Juego” a través de su estupenda novela Kim. Es decir, todo ese compendio de intrigas, ardides, tretas y sospechosas acciones en la sombra que ejecutan los estados, normalmente de forma subsidiaria, para alcanzar intereses ulteriores.

Esos intereses en Oriente Medio, decíamos, son variados, y a la hora del análisis explican el devenir de una tierra per se turbulenta. El análisis superfluo se suele centrar en las diferencias religiosas. Ya saben, el sempiterno conflicto entre suníes y chiíes por ser la secta preponderante dentro del Islam. Pero, aunque reconozcamos su buen aliño romántico y que la tentación del entendimiento facilón sea grande, lo cierto es que se trata más bien de una cuestión de influencias e intereses geopolíticos.

En un primer estadio identificamos con facilidad a los dos principales contendientes: Arabia Saudí, gran paladín suní, con las petromonarquías del Golfo en sus filas y el plácet de EEUU y la UE; por otro lado, Irán, la gran República Islámica chií demonizada en occidente, pero secundada por formidables aliados como Rusia o la propia China.

Según analistas y expertos en la región, la confrontación se encuentra en uno de sus momentos más críticos y la balanza, tradicionalmente equilibrada, parece inquinarse a favor de Teherán. Aunque sólo lo parece. Ciertamente, el régimen de los ayatolás está tomando ventaja en terceros escenarios, pero aventurar una victoria definitiva sería, cuanto menos, irresponsable.

El laberinto libanés
Un estado fallido en continua deflagración, pero también una pieza geoestratégica fundamental. Líbano bien puede representar el paradigma de los intereses en la zona. Su último capítulo ha sido esperpéntico. El primero ministro Hariri renunció a su cargo desde Riad aludiendo “cuestiones de seguridad” (su padre fue asesinado en 2005 supuestamente por Hezbollah, a su vez un aliado clave en la zona para Teherán). Los chiíes acusan a Hariri de ser una mera marioneta de los saudíes o, en el mejor de los casos, de estar secuestrado por ellos, quienes han marcado siempre su agenda política. Por su parte, la organización terrorista controla casi un tercio del país y su papel político es muy fuerte; incluso el mismo presidente libanés, Michel Aoun, es considerado aliado.

Siria: “Yo o el caos”
Tras seis años de salvaje y encarnizada guerra civil, ya pocos dudan de que el presidente Bashar al Assad seguirá gobernando en un país en ruinas. “Yo o el caos”, decía entre los escombros. Apoyado desde el principio por Rusia e Irán (Al Assad es de credo alauita, una rama chií), el tirano ha sobrevivido a Daesh y a los rebeldes, armados y apoyados por Arabia Saudí y sus aliados. Teherán, por su parte, se frota las manos porque la ruta siria es vital para que sus suministros lleguen a Hezbollah.

Yemen, o la guerra que no le importa a nadie
La guerra civil yemení ya es el desastre humanitario más grande del mundo. Lo que empezó como una rebelión menor de los hutíes (chiíes respaldados por Irán), se ha revelado como un verdadero quebradero de cabeza para Riad. La coalición que lidera es incapaz de imponerse y el conflicto, del todo enquistado, le está costando una auténtica fortuna a la casa de Saud. Mientras tanto, la población se desangra entre las bombas y la epidemia de cólera.

En busca del eje Irak-Irán
Bagdad acaba de declarar que Daesh ha sido erradicado en el país. Aunque hay que tomarse con suma cautela esta afirmación, lo cierto es que ISIS agoniza y gran parte del mérito se le debe a los Grupos Revolucionarios Chiíes, que han liderado en muchas ocasiones la guerra contra los terroristas. Irak es una pieza fundamental en el puzle de Oriente Medio. Actualmente la influencia de Teherán es enorme y se asienta en lo práctico (120.000 paramilitares apadrinados por la Guardia Revolucionaria Islámica iraní) y en lo político (el Partido Islámico Dawa, afín a los ayatolás, es el más fuerte a día de hoy).

Cosas de casa
Pero como en las buenas novelas de espías, las conexiones entre países y organizaciones se extiende hasta niveles muy profundos. Si bien parece que Teherán está tomando la delantera, cabe destacar que en gran medida es por la propia inestabilidad interna de Arabia Saudí. Aliados tradicionales que se rebelan como Catar, o golpes internos que dejan las tramas de Juego de Tronos en meros seriales infantiles. La purga llevada a cabo por Mohamed bin Salman, el hijo del rey, dentro de su familia y su gobierno denota un decidido interés en afianzar su posición de único heredero. Igualmente, las relaciones geopolíticas hacen extraños compañeros de cama, y mientras Riad mantiene su tradicional idilio con la UE y EEUU, ahora no esconde su sorprendente amistad con Israel. Aun a pesar de ser Arabia Saudí uno de los principales patrocinadores del terrorismo yihadista mundial.

Este adelanto por la derecha de Irán es interpretado por muchos analistas como fruto de una estrategia a largo plazo mucho más efectiva que la de Riad, basada en relaciones internacionales más firmes y duraderas, y no tan frágiles como las que predica un país de enormes recursos, pero sujeto a las veleidades de una única familia real.

Pero, ¿hasta qué punto se puede considerar fiable la estabilidad de Irán? Las recientes manifestaciones han dejado claro que no todo es armonía en el seno de las complejísimas estructuras de poder iranio, donde el clero, la clase política y la Guardia Revolucionaria son los principales elementos. A diferencia de las famosas reivindicaciones sociales de 2009, donde se abogaba por un mayor aperturismo, en esta ocasión han sido las clases bajas las que se han echado a la calle acusando al actual presidente Rohani (reformista) de corrupción y mala gestión. El gobierno, por su parte, acusa a “enemigos externos” (se refiere a Arabia Saudí, Israel y EEUU) de instigar las revueltas, aunque ciertamente los grupos conservadores del país son quienes más han aplaudido los hechos.

Intereses, maquinaciones, guerras proxy, luchas internas… La complejidad y la vertiginosidad de los acontecimientos demanda una constante revisión y diagnóstico de todos los actores y sus acciones. Es un eterno relato con un último capítulo que nunca llega. O sí, pues como aseguraba el propio Kipling: “Sólo cuando el mundo muera se acabará el Gran Juego”.

*Artículo original publicado en Literal Magazine.

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