Pesares y temores de un joven europeísta

José Ortega y Gasset, luz de luces pensantes en los eriales de la razón española de la posguerra civil, recetó en no pocas ocasiones una cura para los males endémicos y endogámicos de la embrutecida España que le tocó vivir. “España es el problema, Europa es la solución”, reiteraba el filósofo madrileño. Su legado europeísta fue, de hecho, germen indiscutible para la firma del Tratado de Roma en 1957. Lástima por don José, quien no pudo verlo, pues murió apenas dos años antes.

La obra de Ortega está regada de aforismos y propuestas revolucionarias en una Europa devastada por los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Tocaba regenerarse, tocaba creer, tocaba resucitar los clásicos principios humanistas europeos. En definitiva, tocaba trabajar. La situación hoy en el Viejo Continente, pesimista y enrarecida, parece demandar el mismo ímpetu que emanaba el filósofo. Su “Estados Unidos de Europa” ha sido un concepto tan cacareado como inalcanzable en la praxis. Y eso que parecía cercano no ha mucho tiempo, lo que hace sospechar que quizás nadie llegó a creérselo realmente. O quizás es que daba miedo al tenerlo, por fin, tan cerca. Y es que, paradójicamente, cuando el proyecto comunitario debiera estar más afianzado, el abismo se antoja más cercano, jaleado por la inacción prolongada de una Europa acomplejada de sí misma. La Unión Europea es una adúltera de sus principios basados en los tres pilares del derecho romano, la filosofía griega y la caridad cristiana. Los europeos percibimos nuestros propios horrores en las amenazas que nos rodean; como si una parte de nuestro ser fuera la responsable de los males. Es como decía Nietzsche, cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.

La terrible crisis económica que aún colea se señala como origen de todo mal en el concierto europeo. Pero lo cierto es que el cruel hilo de Ariadna nos lleva a una etapa anterior. Una etapa en la que el club europeo no se arrugó al ponerle la alfombra roja a países sospechosos en materia fiscal y tramposos en derechos y libertades. Eran tiempos en los que el mismísimo oso ruso coqueteaba con la posibilidad de adherirse al proyecto. Hoy, esta posibilidad, resulta tan absurda que suena a broma de mal gusto. Sí, eran otros tiempos, entonces se pusieron parches económicos de proporciones monstruosas para tapar agujeros insondables; y es que algunos miembros, muchos, ya estaban en crisis antes de la crisis. Todavía hoy pagamos esas frivolidades.

Permitimos que el cortijo se dividiera más que nunca entre centroeuropeos y cerdos. Sí, cerdos; los denostados PIGS: Portugal, Italia, Grecia, y España. Los mediterráneos han sido señalados hasta la extenuación como rémoras insaciables e irresponsables de sus ínclitos socios europeos. Sí, ciertas son las fullerías en algunos balances de cuentas, o que alimentar el desempleo juvenil se nos da mejor que jugar al mismísimo fútbol, por citar sólo un par de nuestras vergonzosas asignaturas pendientes. Pero también es verdad que hemos sido las cabezas de turco de esta gongorina historia interminable. Los malos siempre éramos, somos, los mismos. Lo curioso es cuando el espectro social del norte presenta números económicos no muy lejanos de los de los cerdos y sufre, además, una fractura social mucho más pronunciada.

Los males, por tanto, no son exclusivos del mare nostrum. En una de las esquinas del mapa, los ingleses pérfidos, que no los pérfidos ingleses, aprovecharon la coyuntura para arrancar del proyecto común su peso como nación y símbolo. Viciados por su propia mentira insular, creyeron que los males de la Union Jack venían del continente y de los radicales e ineptos que deambulan por Westminster, cuyo epítome es el ridículo personaje xenófobo y cobarde de Nigel Farage. En cualquier caso, la realidad es que consiguieron marcharse, les dejamos que se fueran. Como botón de muestra, una triste realidad: todos saben lo que es el Brexit, muy pocos lo que representaba el Bremain. Especialmente significativo resulta que haya sido el ex presidente Obama el principal adalid de la permanencia de sus “primos” británicos en la UE. Los líderes europeos, sin excepción, se han mostrado tibios y pusilánimes. Ahora se habla del desconcierto en Londres sobre cómo aplicar el Brexit; incluso los continentales nos permitimos el lujo de mirarlos con desdén desde nuestras poltronas de Bruselas. Pero la sensación es que la UE tampoco tiene un plan para mitigar y aprovechar la salida del Reino Unido. ¿Por qué no? Escudados en su chovinismo siempre fueron obstáculo para las grandes iniciativas comunitarias. Ser menos no significa ser peor. Pero la duda pesarosa es otra: ¿hay voluntad real para trazar una hoja de ruta sin los súbditos de su graciosa majestad?
Veneno, dame veneno

No cabe duda de que el tiro en el pie que se han dado en el Reino Unido ha tenido sus altas dosis de veneno nacionalista. Un mal vetusto que siempre ha aguijoneado Europa con bilis y ponzoña. Hoy, este virus se contagia por numerosos puntos de la geografía continental: el Frente Nacional de Le Pen en Francia; los nazis del Amanecer Dorado en Grecia; los racistas seguidores de Geert Wilders en los Países Bajos; ni siquiera los avanzados y ejemplares estados nórdicos se salvan de esta peligrosa ola. Nacionalismos, verdaderos enemigos de Europa que quieren sumirla en un caos pretérito e intolerable. Sólo Europa puede vencer a esta otra Europa. En este 2017 se celebrarán elecciones que puede cambiar el panorama político actual por otro mucho más radical. ¿Hay temor? Sin duda, pero también tenemos el antídoto para la mordedura venenosa: democracia, democracia y más democracia.

El enemigo de la libertad, no obstante, tiene el justificante perfecto. No por añejo y usado ha perdido eficacia. La Unión Europea visualiza temerosa la masacre de Siria. No habla, no protesta, no alza la voz. Permanece acobardada y presa de sus propios miedos tras una barrera de alambre y espino que algunos de sus miembros menos recatados del este no han dudado en levantar ante la mayor crisis de refugiados de su historia. Unos refugiados hacinados que representan la mayor violación de los derechos humanos en la tierra de Tomás Moro y Erasmo de Rotterdam. “¡Achtung, podrían ser yihadistas!”. Tan ingenuo es pensar que todos y cada uno de los refugiados son seres inmaculados como repugnante es dejar que se congelen familias enteras por temor a unos pocos. Y así, el miedo y el odio triunfan. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿No había automatismos legales y logísticos en Europa, la gran Europa, como para haber gestionado de otra forma esta crisis humanitaria que amenaza con aterrorizar el presente y el futuro?

Las respuestas y actos han sido tan sonrojantes y sospechosos como cortoplacistas. El acuerdo millonario alcanzado con el turco para que contenga las oleadas de refugiados recuerda a la célebre obra de Goethe; por cierto, un gigante de las letras europeas. Nos dan igual las condiciones humanitarias, nos da igual su porvenir, nos da igual todo. Sólo queremos que nuestra basura la saque otro. Este acuerdo con el Mefistófeles de Ankara no es una solución, doctor Fausto, es una vergüenza y una licencia de chantaje firmado a largo plazo. Pero si alguna lectura positiva podemos sacar de este escarnio, es la lucidez con la que retrata la posición global de la UE en la geopolítica actual: secundaria y ridícula, especialmente ahora, cuando en el tablero mundial mandan un matón desde Moscú y un fantoche megalómano desde Washington.

 

Quizás, quizás, quizás…

Pero quizás, a pesar de este lúgubre e inestable panorama, siga habiendo una estrella, una luz, que alumbre débil en la oscuridad. ¿O acaso no es menos cierto que, con estos frentes tan graves y variados, en cualquier otra época se hubiese desencadenado un continental conflicto bélico? Esa posibilidad ni se plantea, ni se teme. El continente más devastado históricamente por guerras nacionalistas, étnicas o religiosas, entre otras muchas causas, vive en un oasis pacífico nunca antes visto (con algunos matices infravalorados como la masacre de los Balcanes de los 90 o la actual agresión rusa en Ucrania, que aun sin ser Estados miembros, su influencia es notable en todo el continente). ¿Qué es lo que sostiene la paz europea a pesar de todo? No sabríamos nombrarlo, pero sí sentirlo. Quizás sea ésa la llama de la esperanza que buscamos y que debemos dejar que nos alumbre.

¿Demasiado abstracto? Bajemos al barro. Es cuestión de iniciativa y convencimiento en un proyecto, a pesar de todo, bello e irrenunciable. ¿Por qué no establecer una política fiscal unitaria e igualitaria en toda la UE? ¿Por qué no coordinar de una vez los cuerpos y fuerzas de seguridad de los Estados miembros? ¿Por qué no cumplir como verdadera comunidad los compromisos firmados en tratados, pactos y constituciones supranacionales? ¿De verdad vamos a tener que renunciar a las primeras de cambio a los dos mayores símbolos de nuestro éxito europeo, como son el euro y el tratado de Schengen?

Quizás no haya que inventar nada. Quizás todo esté en los libros, en nuestro espíritu humanista, romano, griego, renacentista y demócrata. Quizás la medicina de Ortega haya que extenderla a todos los miembros y exclamar: “Francia/Hungría/Suecia/Alemania/el que quieran es el problema, Europa es la solución”. Quizás haya que rescatar lo que fuimos, lo que somos; despojarnos del miedo y dar el paso adelante que creímos haber dado. Sólo quizás.

*Artículo publicado en Literal Magazine.

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