Podredumbre nacional

fajos

He contemplado varias veces esta semana, con profundo asco, una foto del dinero encontrado en la casa de los suegros de Francisco Granados. Me ha sorprendido a mí mismo la profunda repugnancia que he sentido al ver esos fajos de billetes de 500 amontonados a modo de pilares monumentales de codicia y ambición. La foto bien podría exhibirse en una galería de arte con motivo de los siete pecados capitales. Me parece una fotografía pornográfica, obscena, reflejo impecable y rotundo de los más bajos instintos del animal hispano.

Y digo que me he sorprendido de sorprenderme (valga la redundancia) porque poco a poco, escándalo diario tras escándalo diario, lo que creía puntual me resulta ahora indignantemente cotidiano. Sospecho que no soy el único. Los expolios y desfalcos de miembros de las esferas pública y privada, otrora respetables o incluso admirables, nos demuestran que lo que creíamos puntuales manzanas podridas en amplios cestos son en realidad metástasis coyunturales de nuestra sociedad. Una mesnada de delincuentes, bastante más extendida de lo que creíamos, que no concibo si no es el fiel reflejo de lo que en realidad somos como proyecto común. El fracaso de todos, por si fuera poco, es completo, pues el escarnio de la corrupción se complemente con una justicia obsoleta y tardía, que, en la mayoría de los casos, sentencia con insuficiente dureza a ladrones y compinches. Unos ladrones y compinches que, por cierto, debían haber sido los princeps, los primeros ciudadanos, aquellos que representaran lo mejor de nosotros y, además, lo pareciesen. Ya saben, aquello de la mujer de César, ya que seguimos con los romanos.

Pero el problema va más allá, y otra de las consecuencias de estas tropelías y delitos es el cansancio y la decepción del ciudadano medio, ése que normalmente trabaja de sol a sol para, primero, pagar a Hacienda, y luego poder vivir medio tranquilo. Esa desconfianza absolutamente justificada deriva en odio, desprecio y en un lógico bandazo hacia alternativas mesiánicas que juegan muy bien sus cartas de azote justiciero. Aunque no sean fiables, aunque no planteen cordura ni estrategias reales por el bien de todos, aunque su máxima sea una ley del talión irresponsable y falsa. Pregúntenle, si no, a un alemán de principio de los años 30 por qué votó a los nazis.

Ahora respiro. Una vez. Dos. Tres. Calma. La explosión de los casos de corrupción de todos los colores y de cualquier punto geográfico español tiene, aunque parezca mentira, una lectura positiva. Me refiero a que usted, querido y respetadísimo lector, estamos al tanto de lo que está pasando. Desde luego, la avalancha de causas, tanto macro como micro, es vergonzosa, pero al menos resulta esperanzador el descubrimiento de todas ellas y la confirmación de que algunos mecanismos funcionan. Como fotografía, otra más, la de la hija de nuestro rey en un banquillo. La primera lectura es bochornosa; la segunda, confortable. A base de bien, estamos aprendiendo a ser lo que ya debíamos hace tiempo. El problema es que cuando nos creíamos modernos y europeizados, seguíamos siendo el reino de caciques, cortijos y masías del siglo XIX. Estábamos lejos, y lo seguimos estando, pero aun así me niego a ser el alimento de populismos y demagogias cuando lo que nos estamos jugando es el porvenir de todos.

La codicia arraiga hondo y crece con raíces más perversas que la lujuria, flor de verano

William Shakespeare

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