Siria: el lamento y los escorpiones

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Se dice que el califa Walid I, cuando accedió al trono de los Omeyas a principios del siglo VIII, confesó a sus consejeros que su mayor deseo era ser recordado por la historia como el califa de un imperio modernizado en la administración, rico en estructuras básicas, pródigo en artes y la mejor arquitectura de su tiempo. Walid, conocido entre sus súbditos por su piedad, decidió honrar a Alá erigiendo dos monumentales mezquitas en insignes ciudades que hoy forman parte de Siria, una en Damasco y otra en Alepo. A lo largo de trece siglos de existencia, ambas han resistido el paso inmisericorde del tiempo, la llegada de conquistadores y el impacto de catástrofes naturales; la Gran Mezquita de la capital resiste, todavía, solemne y majestuosa; pero en 2013, su hermana de Alepo sucumbió al fuego de la terrible guerra civil cuando el conflicto apenas era entonces un rápido titular en los informativos de medio mundo.

El escombro que es hoy Djami al Kabir, orgullo de los días dorados del impetuoso y enorme Califato Omeya, se muestra como el triste reflejo de la actualidad y los nuevos tiempos, una dolorosa fotografía que bien sirve para ilustrar la comprensión de la realidad de Siria, un cruce de caminos de despropósitos y calamidades. Y es que el milenario país, joya de la Media Luna Fértil, crisol de grandes civilizaciones e imperios de la historia, punto de encuentro entre Oriente y Occidente, es hoy un agujero negro de lamentos y escorpiones. Un lamento, el de los inocentes, exclamado por una población civil lacerada por los horrores de la guerra y que se ve obligada a huir de sus propios hogares en busca de la tierra prometida europea. Una utopía terrenal, por cierto, engañosa, ya que, en la mayoría de los casos, sólo ofrece dos salidas: la del desprecio propio de un paria no bienvenido en ningún sitio o, directamente, el fondo del Mediterráneo.

Los que optan por permanecer en el país, corren otro tipo de riesgo, el ser, casi con total seguridad, aguijoneados por cualquiera de los ingentes escorpiones que envenenan Siria. Los entes venenosos son muchos, desde el régimen del terror del gobierno dictatorial de Basar al-Ásad hasta las milicias rebeldes, autoras de todo tipo de brutalidades. Pero existen muchos más escorpiones, como los grupos terroristas que complementan el horror del día a día, o las potencias colindantes, más preocupadas por sus intereses cortoplacistas que por cortar la hemorragia humana que se ceba con la población. En estos últimos días asistimos a las ofensivas de unos y otros estados contra el que sí parece el enemigo común, el Daesh. Las victorias en el campo de batalla, tan deseadas ante el vil enemigo, tienen no obstante un regusto agridulce, pues resulta procedente sospechar que tales iniciativas contra los terroristas podrían haberse coordinado mucho antes y de manera más eficaz. Pero cada uno jugaba, juega, su particular partida de ajedrez, atestiguando que los Derechos Humanos son emergencias secundarias en materia de geopolítica.

La guerra de Siria, como la picadura del escorpión, es venenosa. Es un veneno espeso y viscoso que se expande por cada uno de los vasos sanguíneos del país y acaba emponzoñando hasta el último miembro de la población, independientemente de si es hombre, mujer, anciano o niño. Igualmente, el enquistamiento del conflicto ha confirmado que, en los tiempos que nos ha tocado vivir, el vuelo de una mariposa en la Cuenca del Mediterráneo es efectivamente un huracán en el Viejo Continente. Consecuencia de esta globalización, la crisis migratoria sin precedentes generada por el cóctel explosivo de Oriente Medio ha demostrado dos cosas: por un lado, la geografía de un conflicto ya es irrelevante para contener sus derivaciones; por otro, la evidencia de las preocupantes debilidades, cobardías y mezquindades del utópico Occidente ante la crisis. Especialmente señalada ha quedado la mascarada de la Unión Europea, incapaz de aplicar con solvencia, seriedad y responsabilidad sus propias directrices sobre política migratoria y Derechos Humanos. A pesar de todas las leyes, a pesar de todos los pactos, de todas las constituciones y de todas las medidas preventivas, la respuesta de Bruselas ha sido la firma de un pacto con un diablo que mora estos años en Estambul, recurso efectivo pero a todas luces ilegal en materia de DDHH para frenar en seco la avalancha de refugiados.

Más aún, la vergüenza europea se multiplica al haberse demostrado los pingües beneficios que algunos estados del Este y de Centroeuropa cosechan con la venta de armamento y logística militar a países como Arabia Saudí o los Emiratos Árabes Unidos, quienes derivan posteriormente ese material a la guerra siria y donde no siempre son las facciones apoyadas por Occidente las beneficiadas por el envío de armas, pues grupos terroristas como el propio Daesh se hacen con rifles, bombas y armamentos de facturación europea. En apenas cuatro años se han realizado exportaciones por valor de más de 1.200 millones de euros. “Por desgracia en algunas partes del mundo hay cada vez más guerra, y todo lo que produce esta industria se puede vender”, fue el mismísimo Primer Ministro serbio, Aleksandar Vucic, el autor de esta cínica frase.

Pero a la hora de pedir responsabilidades, todos miran hacia otro lado. No deja de ser paradójico, por no decir vergonzante, que esos mismos países que se rasgan las vestiduras por la oleada de refugiados que llaman desesperados a sus puertas y que son echados a patadas, sean los mismos que jalean las llamas de la guerra que precisamente espolean la huida de esos migrantes.

Y así es como Europa firmó el acta de defunción de Erasmo de Rotterdam, Tomás Moro y Juan Luis Vives.

El panal de rica hiel

La ecuación siria no se entendería tampoco sin prestar atención a las barbaries perpetradas por los muchos grupos terroristas que actúan en la zona, a la que acuden como al panal de rica miel. Pero son más escorpiones los que producen la hiel. Se calcula la actividad de varias decenas de grupúsculos, pero sin duda todos los focos se dirigen al frente Al Nusra (recientemente rebautizado como Jabhat Fatá al Sham para simbolizar su emancipación de Al Qaeda) y, sobre todo, al autodenominado Estado Islámico o Daesh. El mapa negro del califato ha llegado a extenderse, en sus mejores días, como una enorme mancha a caballo entre Iraq y Siria, en donde precisamente han ubicado su capital, Raqqa. Que el Daesh haya clavado sus pérfidas raíces con tanto ahínco y firmeza en un territorio no se puede entender sin la confirmación del caos desastroso que es el día a día de un país maltratado por sus propios dirigentes e incapaz de caminar hacia delante en pos de un horizonte más halagüeño para la población. Siria es, con todo merecimiento, la prueba de las tribulaciones de un estado fallido.

Por otro lado, existen testimonios y evidencias que demuestran que se pudo haber cercenado la amenaza yihadista mucho antes de que explosionara en la orgía de violencia y muerte que sufrimos hoy. Esta negligencia nos convence de dos vergüenzas más, a cada cual más terrible: por un lado, el egoísmo salvaje e irresponsable de potencias con intereses en la zona; por otro, el desprecio más absoluto por un rincón del mundo apenas valorado.

Pero el veneno, decíamos, es pertinaz y no se detiene. Porque nosotros, ilusos, pensábamos que al no ver no sentiríamos, pero lo cierto es que una de las manifestaciones de esa misma actividad terrorista se ha convertido en nuestro principal miedo. Desde el oeste de América hasta los confines de Oceanía, la amenaza terrorista se ceba con los “seguros” Estados ajenos al conflicto obligándoles a variar hasta su propia forma de vida. No es cuestión de culpar a estos mismos países, a nosotros, como responsables directos de lo que está pasando; ese planteamiento es tan pueril como inexacto. Pero sí debemos ser conscientes de que ignorar un conflicto o infravalorarlo puede tener consecuencias terribles. 3.200 kilómetros separan París de Manbij, recientemente liberada del yugo del Daesh, pero en ambas ciudades conocen perfectamente la perfidia de los yihadistas.

La propia actividad del Daesh ha sorprendido al mundo por la versatilidad del terror que demuestran, diversificada en células clásicas terroristas (como los autores de los atentados de Bruselas), lobos solitarios con habitual historial delictivo (Lyon), o los ‘franquiciados’ (Orlando o Niza), individuos radicalizados en tiempo record que matan en nombre del Daesh sin pertenecer de facto a la organización. Más aún, su total y asombroso dominio de la propaganda y la comunicación le ha conferido un carácter de omnipresencia que se traduce en descomunales autopistas de proselitismo, reclutamiento, adoctrinamiento y también financiación. Otro caballo de batalla al que nos hemos de enfrentar es precisamente saber combatir, con nuestras armas de libertad y humanismo, la abyecta y venenosa propaganda yihadista que se apoya, precisamente y en gran parte, en los desastres sirios.

Un mundo infeliz

Posiblemente, si alguno de los consejeros de Walid le hubiese augurado que sus tierras marcarían el destino del mundo trece siglos después de su reinado, el pecho del califa se hincharía de orgullo. Pero poco duraría su dicha al comprobar que si bien, en efecto, lo que ocurra en Siria determinará el porvenir de nuestra aldea global, no será por las artes y las piedades que predicaba el monarca, sino por los oscuros interrogantes que asolan la antigua tierra de los Omeyas. Las consecuencias políticas, humanitarias, terroristas y económicas del desastre sirio se antojan terribles de no tomar iniciativas cuyo principal objetivo sea forzosamente el bienestar y porvenir de la población.

No existe ninguna panacea, desde luego, ni ninguna varita mágica que solucione a corto plazo el drama sirio, pero sí se antoja evidente que el camino más aconsejable no será el más sencillo. Se tendrán que asumir estrategias y políticas tanto militares como sociales con una firmeza y un compromiso hasta ahora despreciados.

Mientras tanto, Siria seguirá identificándose con las ruinas de Djami al Kabir, un erial de lamentos y de escorpiones.

*Artículo original en Litoral Magazine.

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