Suspiros de España (y Cataluña)

A los que practicamos boxeo se nos insiste en que la postura de guardia es sagrada. Ni siquiera cuando el rival está grogui, listo para recibir el golpe final, debe romperse, pues basta un simple estiramiento del brazo para que te partan la mandíbula. Aunque la tentación de la épica sea grande, aunque hayas boxeado más y mejor de principio a fin, no te confíes, pues todo puede cambiar en un segundo… a peor.

Sirva el símil pugilístico para ilustrar la tremenda desazón que asola a gran parte de los españoles después del aciago 1 de octubre, fecha fijada por el gobierno secesionista de Cataluña para celebrar su referéndum ilegal de independencia. Meses y meses de mensajes de odio, violaciones de la ley, desprecios a la otra mitad de catalanes que piensan distinto, y las estructuras y garantías legales más básicas pisoteadas. Todo tan burdo, tan grueso, orquestado por políticos de perfil bajo, sin ninguna referencia intelectual fiable, ni ningún apoyo europeo e internacional válido; pero que ha copado la práctica totalidad informativa durante el último trimestre. Como suele ocurrir en los países pequeños en relevancia política, en los acomplejados. El fracaso logístico e intelectual del 1-O parecía seguro, aun a pesar de las tibias negativas del siempre tibio ejecutivo de Mariano Rajoy. Resultaba impensable que individuos tan limitados, tan faltos de genialidad política y carisma, pudieran poner en jaque a una nación de más de 45 millones de habitantes e instalada de lleno en el corazón del proyecto europeísta.

Sin embargo, así ha sido. La imagen de España en el exterior hoy día es más la propia de una dictadura autoritaria que la de una sana democracia orgullosa de ostentar los más altos índices de democracia mundiales (ocupa la 17ª posición en el ranking anual de The Economist). Pero ya no. Tras el infausto 1-O las menguantes esperanzas de convivencia han saltado por los aires. Entre la perfidia de los independentistas tramposos y la torpeza del gobierno central, hoy España está más cerca de partirse en su extremo nororiental. Vivimos días convulsos, en los que el discurso del odio y la división parece triunfar. La pésima gestión del 1-O ha supuesto, precisamente, entrar de lleno en la trampa de los secesionistas que, ahora amparados por un falso pero aceptado victimismo, ven su sueño de ruptura cada vez más cerca.

En realidad, perdimos la batalla cuando dejamos que el debate fuera sobre democracia y no sobre leyes. ¿Quién puede negar la democracia? Sólo los malvados. Ahí está la trampa. Los siempre hábiles propagandistas secuestran los conceptos más básicos y puros para justificar sus delirios. Y aunque esta película ya la hayamos visto, nos la hemos vuelto a tragar.

¿Significa esto que España es, en realidad, represiva? En absoluto, pero seguiré con el flagelo un poco más.

El despropósito ha alcanzado tales cotas de ridículo que, por ejemplo, si nos fijamos en las dos instituciones más proactivas y admirables de la nación, la Policía Nacional y la Guardia Civil, constatamos que su popularidad se encuentra ahora mismo bajo cero en Cataluña, donde lo que han hecho ha sido, precisamente, salvaguardar la ley. Tarde y mal por la inoperancia del gobierno, sí, pero la ley, al fin y al cabo. Ya saben, esa cosa que nos hace libres.

Ahora sufren el acoso y la violencia de esos mismos que se definen como víctimas. Poco importa que sean los mismos cuerpos de seguridad que, además de protegernos cada día, luchan contra el yihadismo, la corrupción, los violadores o los pederastas. Pero ya se sabe que la memoria es ese mal amigo que siempre te falla cuando más falta te hace.

El gobierno central, con todo el peso de la ley y la licencia del masivo apoyo popular en defensa de la unidad territorial, decidió que la solución al problema del 1-O se debía limitar a la siempre poco estética represión de manifestantes. La propaganda secesionista, cuyo sustento principal narrativo siempre es la mentira y la media verdad, planeó y logró hacerse con un botín precioso de imágenes aparentemente violentas (la mayoría tergiversadas en pos de sus intereses) en las que las fuerzas del orden siempre aparecen como meros órganos ejecutores del poder corrupto. Y todo puesto en bandeja de plata por el propio gobierno central, que rompió la posición de guardia y le rompieron la mandíbula. Si todos estábamos de acuerdo en que el referéndum era ilegal, ¿por qué exponer a tus fuerzas del orden?

Pero a pesar de todo, cuesta creer que la torpeza crónica del marianismo haya sido suficiente para poner por delante en la carrera a los secesionistas. Esos que, aun en su mayoría siendo hijos de inmigrantes provenientes de toda España, alaban su singularidad con prerrogativas de pureza racial propias del nazismo y el estalinismo.

Esto viene de largo. España, tras 40 años bajo el yugo de la dictadura del general Franco, dio un ejemplo de progresismo al apostar sin fisuras por la democracia a través de la constitución de 1978. La distribución del país en comunidades autónomas (un modelo relativamente similar al federalismo que ha dotado a cada región de notabilísimo autogobierno) sirvió, entre otras cosas, para reconocer las particularidades de cada rincón del país. Este modelo ha servido para que, en términos electorales, los partidos nacionalistas (principalmente el vasco y el catalán) hayan sido mimados hasta el absurdo por todos los gobiernos democráticos de las últimas cuatro décadas.

Es decir, la actual crisis secesionista catalana es en realidad un nuevo capítulo, el más grave desde luego, en la desigual relación Madrid-Barcelona, donde los segundos siempre han sabido (y también les han dejado) secuestrar el debate político y arroparse con la verdad orwelliana.

Sin embargo, a diferencia de otras propuestas políticas y sociales de independencia (por ejemplo, a los secesionistas catalanes les gusta equipararse a Escocia, Kosovo o al Kurdistán cuando las similitudes son nulas), el nacionalismo de barretina nunca ha podido mostrarse como un movimiento de libertad social o épica patriótica. Porque sencillamente no lo es: España es un estado libre, democrático y profundamente cordial.

Más aún, Cataluña siempre fue cuna de individuos competitivos, audaces, más próximos al ideal europeo que el resto de España. Pero la ponzoña nacionalista ha carcomido los cimientos de una sociedad que ha cambiado su orgullo por el odio hacia lo genuinamente español, que no deja de ser, como la mayoría de ADNs patrios, un cúmulo de las particularidades de sus gentes. De todas sus gentes. Sirva como ejemplo la cruzada reciente contra la fiesta de los toros, abolida en Cataluña más por una cuestión ideológica que por una verdadera defensa de los derechos de los animales. Todo demasiado burdo, mas tristemente efectivo.

Porque sí, hablemos del nacionalismo. Para que nos entendamos, el nacionalismo que asola los cuatro puntos cardinales de Europa desde tiempos inmemoriales es el ácido que corroe las unidades, el veneno que ponzoña las mentes de los permeables al discurso violento y falso. Al igual que los fascismos y los comunismos, el nacionalista cumple el perfil de individuo intelectualmente pobre que acusa siempre a su entorno de sus insatisfacciones. Se mira con especial atención desde Europa lo que está pasando estos días en Cataluña, pues bien es cierto que cada país tiene su propia bomba de relojería dentro de sus fronteras. Bélgica y la ruptura entre valones y flamencos; en Francia, los corsos y los bretones; Italia y la combativa Liga del Norte… Se dijo que la Guerra Civil Española fue el banco de pruebas de la II Guerra Mundial; parece que la historia juega con un inquietante símil en la lucha contra los nacionalismos.

Lo cierto es que resulta bochornoso ver a miles de secesionistas, en su mayoría tremendamente jóvenes, esputar odio en un país, a pesar de todo, con un IDH extraordinariamente alto. ¿Inexplicable? Quizás no tanto. La educación en España ha sido una habitual moneda de cambio entre gobiernos centrales y regionales cuyo mercadeo lo sufrimos ahora. Existen escuelas públicas de niños y adolescentes en Cataluña en las que se inyecta desde hace décadas el odio a todo lo “español”. Ese adoctrinamiento perverso encuentra su complemento perfecto en la propaganda secesionista que cierra el círculo. Uno de los mantras clásicos para insuflar los ánimos odiosos es el lema “España nos roba”. Resulta inquietante, pues se ha demostrado que los sucesivos gobiernos nacionalistas catalanes (CiU) y los padres ideológicos de la patria catalana (el clan de la familia Pujol) son los que realmente han expoliado las arcas de sus amados ciudadanos. Pero no, la culpa es de Madrid, y de Logroño, y de Jaén.

Por otro lado, hoy el gobierno secesionista se apoya en una minoría antisistema (CUP) cuyo discurso del odio es especialmente potente e insidioso. ¿Merecen siete millones de ciudadanos padecer la fusta de una minoría (7% de votos en las últimas elecciones)?

Pero quien rebate con hechos y datos ese discurso del odio es un fascista nostálgico de Franco. Yo mismo, aun habiendo nacido, crecido y desarrollado en la más absoluta democracia (como todo español menor de 40 años) sería un franquista por escribir estas líneas críticas. Y así, el demócrata pobre de espíritu se achanta. Como decía el otro, para que el mal triunfe sólo basta que los buenos no hagan nada.

El filósofo Julián Marías apuntaba no hace tanto que a los españoles nos encanta preguntarnos “¿Qué va a pasar?” en vez de “¿Qué hacemos?”. La realidad nos dice que España se encuentra en una situación tremendamente complicada, sin duda en la posición más débil de su democracia desde el fallido golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Los puentes entre catalanes y españoles (que en realidad son, somos, lo mismo) parecen definitivamente dinamitados por la parte secesionista catalana y la inoperatividad práctica del gobierno central.

Sin embargo, las grandes naciones, o las que pretenden serlo, se definen en situaciones difíciles. Y en este sentido, España sí que ha ganado partidos tremendamente complicados en el pasado. Desde el aplaudido “milagro económico español” de los años 80 y 90 hasta la victoria de facto sobre la banda terrorista ETA, punta de lanza del nacionalismo vasco durante décadas de horror en las que mataron a más de 1000 inocentes.

Aunque España, donde el barroco alcanzó su cenit, tiende al paroxismo y al tremendismo de Cela en sus conclusiones, no es menos cierto que posee las armas suficientes para combatir y vencer a esta lacra de profesionales del odio y la separación. La ley, la concordia, sencillamente, el bien, debe imponerse a la locura secesionista cuyo único puntal es el desprecio xenófobo.

Pero quizás la razón más importante para que el esfuerzo merezca la pena sea esa mayoría simple de catalanes que no cree en la división y que se ven arrastrados por los desvaríos y delirios de perversos titiriteros. Compruebo con preocupación que, al igual que la hispanofobia crece en Cataluña, la aversión a lo catalán se dispara en el resto de España. Y no es justo. Precisamente ese perfil silencioso y discreto, que sufre en la sombra ante el triunfo de la propaganda nacionalista, debe ser el principal motor de la concordia recuperada. Todo lo que no sea reconstruir el discurso de la solidaridad y el patriotismo, entendido como comunidad, será, además de un rotundo fracaso, una infame injusticia.

*Artículo publicado en Literal Magazine.

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