Un blues por el Tío Sam

Apenas habían pasado unos días desde la matanza de Florida, donde un indeseable segó la vida de 17 personas en el enésimo tiroteo inexplicable y descontrolado en Estados Unidos, cuando asistí, ojiplático, a la celebración de una extraña ceremoniasectaria en Pensilvania. Mis atónitos ojos no podían parar de devorar el reportaje de Reuters sobre una suerte de rito matrimonial oficiado por, lo que entiendo, es un vestigio de la famosa secta Moon. Tanto la estrafalaria vestimenta de los protagonistas como el propio boato, mezcla de una película distópica de los 70 y un cómic de Moebius, me resultaban tan ridículos como irresistibles. Sufrí, deduzco, una variación canalla del síndrome de Stendhal. Pero lo que, sin duda, más me sobrecogió, es que la ceremonia tenía por objeto bendecir a los contrayentes y a unos A15 (rifles de asalto, ojo) que portaban ufanos junto a vistosas coronas y diademas, algunas elaboradas con proyectiles y balas… Mis retinas y mi corteza cerebral echaron humo. “Me rindo”. Fui a por una cerveza y me limité a parafrasear el gran filósofo Obélix: “Están locos estos yanquis”.

Es ésta una frase recurrente en mi amada piel de toro (también llamada España). Una muletilla compartida cuyo uso se ha multiplicado en los últimos años, cuando la historia de nuestro mundo parece acelerarse por momentos en detrimento del análisis y entendimiento. Pero lo cierto es que los propios estadounidenses (o lo que percibimos de ellos en el Viejo Continente) se empeñan en desconcertar al resto del planeta mostrándonos espectáculos inexplicables como el ut supra descrito, o con situaciones que sí nos afectan más de lleno, como el apoyo electoral a inquietantes individuos como el pirómano oxigenado que mora la Casa Blanca.

Mas he de confesar que, pese a todo, procuro ser benévolo con los Estados Unidos de América. En primer lugar, disculpo y explico su extraordinaria, numerosa y variada sección de sucesos y sociedad por una cuestión puramente cuantitativa: es un país gigantesco con más de 320 millones de individuos. Él solito es el doble de grande que la Unión Europea, por lo que, ¡diantre!, estadísticamente algún loco tiene que haber.

Pero mi indulgencia es mayor cuando entramos en el debate comparativo. Estados Unidos, a pesar de sus (muchos) errores, de sus contradicciones, de su complejidad, de su aparente decadencia de principios y liderazgo, es nuestro paladín, el de Occidente, en este erróneo, contradictorio y complejo mundo. Porque a veces se trata de una simple cuestión de perspectiva: le damos palos, y con razón, a Washington a la vez que cuestionamos con especial severidad y recurrencia su liderazgo en el mundo libre (cuidado con este adjetivo). Sí, la base de la democracia radica en la evaluación constante y exigente de quien manda en el barrio porque, precisamente, somos nosotros quienes le hemos puesto ahí para mandar. Pero quizás debamos cuidarnos, como decía Disraeli, de ser gente “de un solo libro”, y debamos molestarnos en asomar la cabeza por el balcón para ver qué se cuece en ese mismo barrio.

Me pregunto si los que claman desaforadamente por una alternativa al tío Sam son conscientes de lo que ofrece el menú mundial de liderazgos, regímenes, democracias, influencias y visiones de la vida. Básicamente, las alternativas reales son tres: la Unión Europa, Rusia y China. Vayamos por partes.

La primera no me llevará mucho tiempo. Europa vive una crisis de identidad, valores y gestión sin precedentes desde el nacimiento del proyecto de entre los escombros de la Segunda Guerra Mundial. El ilusionante unicornio de los Estados Unidos de Europa se encuentra en un punto crítico como consecuencia del auge de los populismos, la extrema derecha imperante, los absolutismos en los países del este, la desunión fiscal y el vergonzoso tratamiento de la crisis de refugiados (donde nos gastamos una fortuna infame para que el autoritario régimen turco nos saque la basura por la puerta de atrás). En definitiva, ¿pinta algo Europa en el actual concierto internacional? Me temo que nada. Los optimistas redomados pensamos que quizás el fulgurante Macron sea el principio de una milagrosa recuperación.

Descartada la cuna del derecho romano, la filosofía griega y la teología cristiana (que no es poca cosa), se yergue en lontananza el nuevo zar. Rusia está demostrando una sorprendente agilidad y capacidad de tocar las geonarices mundiales como método de supervivencia, basado en su todavía inmenso poder militar y nuclear, así como en un discreto músculo económico (su PIB es similar al de España, teniendo un territorio, recursos y población infinitamente mayores), que lo convierte, a pesar de todo, en un gigante con pies de barro. El problema es que Rusia, a diferencia de la UE, sí cree tener algo que decir en el concierto internacional. No ya como superpotencia al estilo soviético, pero sí como elemento tóxico e influyente. Pongamos como botón de muestra la relevancia que ha adquirido la posverdad y los mangoneos electorales auspiciados por piratas informáticos apadriandos por el Kremlin. Desde la propia elección de Donald Trump hasta el movimiento Black Lives Matter (donde sembró cizaña con propaganda e información falsa para echar más gasolina al fuego), pasando por la esperpéntica declaración unilateral de independencia de Cataluña. Rusia, como dicen los expertos, es maestra en desestabilizar, en sembrar el caos y la anarquía en democracias cercanas y rivales para así incrementar su influencia geopolítica.

Rusia es hoy un estado antidemocrático y absolutista, donde el poder creciente y tiránico del presidente Vladimir Putin es un riesgo terrible para el orden mundial. En Rusia hoy no existe la libertad de prensa, los periodistas de investigación y los críticos desaparecen en extrañas circunstancias. El líder supremo, recientemente reelegido en unas sospechosas elecciones, ha instaurado un estilo de política en base a una guardia pretoriana compuesta por los grandes oligarcas del país que, en su día, la mayoría, fueron ayudados por el propio Putin y sus adláteres para hacer fortuna. Pensemos, por ejemplo, en el flamante y sofisticado Roman Abramovich, cuya carrera empresarial es, cuanto menos, dudosa y aun así es uno de los tipos más influyentes del mundo. Por supuesto, quien no se alinea con Putin, ve cómo sus negocios son torpedeados, su reputación pisoteada y le convierten en un paria nacional. Por si fuera poco, Putin ha aprendido la lección del chantaje más rentable de nuestros días y no duda en sacar músculo nuclear para salirse siempre con la suya. El resultado es que Rusia es un país de oscura solvencia con enorme capacidad para amedrentar. Véase por ejemplo su papel en la Guerra de Siria, siendo gran valedora de Bashar al Asad (quien, no les quepa duda, saldrá victorioso en su propia carnicería) o la olvidada anexión de Crimea en Ucrania, maniobra cuyo inquietante precedente es la merienda de los Sudetes por los nazis.

Y más allá de Moscú, mucho más al este, en el lejano Oriente, también se alza amenazante una peligrosa propuesta para dirigir nuestras vidas. En este caso no es sólo un zar, sino el emperador de un inmenso reino, éste sí, realmente rico y poderoso. China, a pesar de algunos bandazos financieros, es una verdadera alternativa al volante global. Y que no nos quepa duda de que puede ganar la carrera. Por un lado, su planteamiento de la guerra de mercados es sumamente agresivo, pues tiene comiendo de su mano a multitud de países. Por otro, no duda en ejercer una asfixiante influencia a terceros tanto de su entorno como occidentales (véase la especie de mobbing que ejerce sobre Australia). Y, en tercer lugar, el alzamiento del presidente Xi Jinping como gobernante perpetuo y absoluto, que se estima como una de las jugadas políticas más audaces de los últimos tiempos. Una jugada, por cierto, que no se entiendo si no se produce en un país claramente autoritario, antidemocrático y comunista, en el que el partido único es el alfa y el omega.

China no es como Rusia. Es peor. Comparte los mismos vicios de represión y falta de libertades, por supuesto también de la prensa, pero aquí el pensamiento único orwelliano está mucho más establecido, pues se lleva mamando y asumiendo desde los tiempos del mayor genocida de todos los tiempos: Mao Zedong.

Por si fuera poco, en el aspecto militar, Pekín se ha propuesto tener para 2030 el ejército más moderno y vanguardista del mundo. Y es muy posible que lo consiga.

Ante este panorama, cabe preguntarse: elegir a un líder por descarte de los otros, ¿es desapasionado? Posiblemente, o quizás no. A pesar del desaliento, los que creemos en la democracia y en la libertad debemos seguir apostando (y exigiendo) a los cuestionados Estados Unidos. Si el cuerpo que engrosa este artículo no es suficiente, tiremos de la siempre recurrente sabiduría popular: yo apuesto por EEUU sencillamente porque son ‘de los nuestros’.

Como español, europeísta y occidental, no soy capaz de imaginarme viviendo en un país en el que, a pesar de sus taras y disfunciones, no se garanticen mis libertades individuales, tenga derecho a la crítica o pueda ejercer mi profesión como periodista como me dé la real gana. Estados Unidos es nuestro líder, debe seguir siéndolo; confiamos en que se sobrepondrá a sus propios demonios y errores (¿quién no los comete?). Necesitamos de su pragmatismo y capacidad porque lo que nos jugamos, la libertad, es demasiado preciado. Y por la libertad, amigo Sancho, bien vale la pena morir.

*Artículo publicado en Literal Magazine.

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